Hace un par de años me dio por apuntar en una libreta todo el tiempo que me comía cada consulta. No la hora de sesión: lo de alrededor. Lo hice una semana y lo dejé, porque me enfadé. No con los consultantes, conmigo. La consulta del martes me había costado diecinueve minutos de mensajes solo para cuadrar la hora, y eso que la chica era maja y contestaba rápido. La del jueves, en cambio, casi nada, porque era un consultante recurrente de años que ya sabe cómo funciono. Y luego estaba la del sábado: carta montada a las 23:40 de la noche anterior, con urgencia porque la consultante tenía urgencia, mientras pasaba los datos del chat a la aplicación, mi intuición me dejaba claro que estaba trabajando gratis para alguien que no se iba a presentar.
Si has llegado aquí buscando cómo organizar una consulta astrológica, supongo que esperas un método para la sesión: qué preparar, cómo estructurar la lectura, cómo cerrar. Hay algo de eso más abajo. Pero lo que de verdad me cambió la consulta no fue nada de la sesión. Fue mirar de frente ese tiempo de alrededor, que nadie me había enseñado a contar porque, en este oficio, nadie te enseña a contarlo.
Cuánto tiempo se va realmente en cada consulta
De aquella semana de libreta me quedaron números desordenados, y los doy desordenados porque así fueron.
Cuadrar horario por mensajes: entre nada (el recurrente) y media hora larga repartida en dos días (una consultante nueva a la que le venía mal todo).
El cobro: unos diez minutos cuando iba bien, y un caso que aún me escuece, un «te lo abono esta tarde» que tardó once días y dos recordatorios que me dio una pereza horrible escribir.
Los datos natales: la fecha llega siempre, la hora casi nunca a la primera; hay una llamada a la madre en medio en más de la mitad de los casos.
Preparar la sesión (carta, tablas, estudio): veinticinco, cuarenta minutos.
La sesión: hora y media.
Después: otros quince de notas y de mandar lo prometido, si lo mandaba ese día, que no siempre y si es que no tocaba mandar un informe completo.
La cuenta gorda me salía así: por cada hora y media de consulta, de normal entre una hora y dos en casos extremos más de gestión. Una jornada entera a la semana que no estaba en ningún precio. Tu cuenta te saldrá distinta, seguro. Haz la tuya; una semana de libreta basta, y duele más que cualquier artículo.
Ahora, una confesión que me complica el argumento: no todo ese tiempo me sobraba. La preparación de la noche, la de mirar la carta con calma cuando la casa ya está en silencio, tiene algo que casi me gusta, y hay lecturas que me salieron mejor precisamente por hacerse a deshoras. No sé muy bien qué hacer con eso. Lo que sí sé es que una cosa es elegir preparar de noche y otra acabar ahí porque la tarde se te fue en perseguir una hora de nacimiento.
El antes: donde se va casi todo
Dejar de negociar horarios
El tramo más caro es el de cuadrar la cita, y no por los minutos de escribir: por los dos días con la conversación abierta en la cabeza. Lo que me lo arregló fue dejar de preguntar «¿cuándo te vendría bien?» —esa pregunta tan amable es una trampa: abre una negociación que no acaba— y pasar a ofrecer huecos cerrados. Primero por mensaje («tengo jueves 18:00 o viernes 10:30»), después con un enlace donde la persona elige sola, sin que yo esté en la conversación. Ese segundo paso es el que de verdad libera, porque ya no hay conversación que vigilar.
El pago, al principio
Mientras el pago quede para después, cada sesión arrastra una contabilidad mental: quién me debe, desde cuándo, si toca recordarlo. Cobrarlo en la propia reserva borra ese tramo entero, y de paso las cancelaciones de última hora bajan solas, porque quien ya pagó se organiza para venir y, ¡oh, que bello! si por lo que sea no pueden asistir, te avisan con tiempo para reagendar... nadie quiere perder su dinero, ¿verdad?. De lo que cuesta dar ese paso —que cuesta, y no por motivos técnicos— escribí largo en cómo cobrar consultas de astrología online.
Los datos natales, sin cadena de mensajes
Perseguir la hora de nacimiento después de cerrar la cita es pagar dos veces: la cadena de mensajes primero, y rehacer la carta después si el dato llega corregido. Pedirlo todo en el mismo formulario de la reserva, con una nota sobre dónde consultar la hora oficial, corta el problema de raíz. Cómo pedirlo sin asustar a nadie da para artículo propio: cómo pedir los datos natales a un consultante.
Preparar sin hacer arqueología
Mi maestra de astrología llevaba fichas de cartón. Una por consultante: datos natales, fecha de cada visita, dos líneas por sesión, todo con su letra apretada. Yo de joven lo veía anticuado; ahora entiendo que aquella caja de zapatos era mejor sistema que el mío de hace cinco años, que consistía en buscar «hora nacimiento» en tres chats distintos antes de cada sesión. Porque la preparación tiene dos partes: pensar la carta —eso es oficio y no quieras recortarlo— y reconstruir el contexto, que según como puede hacerse eterno. La ficha de cartón resolvía lo segundo. Hoy lo resuelve tener datos, carta e historial en el mismo sitio, que es lo que un software para astrólogos hace por ti; la caja de zapatos también vale, si tienes disciplina. Yo no lo era.
Durante: lo poco que de verdad necesita la hora
Cuando el antes está resuelto, la sesión empieza en otro punto: la persona llega pagada, con sus datos dados en serio, sabiendo qué viene a buscar. Lo que yo añado es poco. Cinco minutos al principio para decir en voz alta qué vamos a ver hoy y qué no —si no lo dices, las cuatro preguntas que trae sin ordenar se comen la hora—. Dos o tres ejes preparados, no un guion: una espina dorsal a la que volver cuando la conversación se va por las ramas, que a veces conviene dejarla irse. Y diez minutos de cierre con calma: qué se lleva, qué quedó abierto, cuándo tendría sentido volver a verse. El cierre es la parte que peor hacía yo y la que más consultantes recurrentes me ha dado desde que la cuido.
Después: diez minutos, no una semana
Las notas que no escribes en caliente tardan el triple en frío, esto lo he comprobado tantas veces que ya ni me lo discuto. Así que mi regla es que la consulta no termina al colgar: termina diez minutos después. Cuatro líneas de notas, enviar ya lo que prometí (por eso prometo cosas que se mandan en dos minutos, aprendí a no prometer informes), y dejarlo registrado donde lo vaya a encontrar dentro de un año, que es cuando esta persona volverá preguntando por su revolución solar. Si esos tres gestos pasan en el mismo sitio donde viven la agenda y la carta, mejor; es la idea del despacho astrológico profesional: el recorrido entero del consultante en un único lugar, en vez de repartido entre el calendario, el chat y una libreta que se acaba.
Lo que haría yo mañana en tu lugar
No montes el sistema entero esta semana. Haz solo la libreta: siete días apuntando el tiempo de alrededor de cada consulta, con sus números feos y sus excepciones. A mí la libreta me enfadó, y ese enfado fue más útil que cualquier herramienta, porque me dijo exactamente qué tramo recortar primero. En mi caso era el horario; en el tuyo igual es el cobro, o los datos natales. Los números te lo dirán. Y si una parte del tiempo invisible resulta que la quieres conservar —la carta de noche, el café antes de la sesión—, consérvala. La cuestión no era trabajar menos: era dejar de regalar las horas que ni siquiera sabías que estabas poniendo.